Capítulo 1: La muerte de Suricato Capitán

Esta historia comienza con una muerte.

Si esa frase no os ha enganchado aún os digo ya que habrá piratas, naves espaciales, viajes en el tiempo, neones, experimentos secretos y laboratorios de experimentanción genética.

Pero no todo pasa en el primer capítulo. El primer capítulo, de tres actos, comienza con unos disparos y acaba con una muerte.

La muerte de Suricato Capitán.

Acto Primero

el mío

Era una de esas tardes de invierno en las que Sevilla te convida un día de primavera, que fuese Enero era lo de menos. Sobre las cuatro de la tarde en la estación no quedaba nadie. Tampoco era importante.

Los únicos que eran conscientes de todo lo que había pasado eran tres personas. Y una de ellas se alejaba para siempre.

-Al final de mi película el prota se salva…

Suricato seguía a mi lado repitiendo una y otra vez su frase. Sabía que esta vez era distinto. Sabía que esta vez había preocupación de verdad y que me estaba mintiendo.

A su lado estaba yo mirándome la mano, con la que hace escasos minutos atrás había intentado tapar la boca de su pistola. Como consejo os diré que jamás tapéis con la mano el cañón de una pistola que os está apuntando, ni aunque os fieís del que os está apuntado.
Como consejo también os diré que si os apuntan con un arma esa persona ya no pertenece a la lista de personas de fiar.

A través del agujero de mi mano veía la cara de Suricato. Por lo que había notado, fueron dos impactos de bala, el último en la frente. Al intentar tocarlo con la mano mala, hubo un momento en el que Suricato podía ver a través de mi mano y mi cabeza.
Lo vi reflejado en sus pupilas.

-Al final de mi película…

-Suricato- Le interrumpí- resulta que vas a vivir más que yo.

Suricato entonces me tumbo lentamente en el suelo y no hizo nada más. No trazó un plan. No me dió más ánimos. No desenfundó sus armas para una venganza suicida gritando a los cuatro vientos mi nombre.

Ahora era yo el que estaba preocupado. Por primera vez desde que lo conocí Suricato estaba sin alternativas.

Me quité las lentillas. Cerré los ojos, ya sin fuerzas.

Llegaron ellos.

Lo último que recuerdo es la voz de Suricato preguntando ¿sois los refuerzos? ¿Venís a salvarnos?

Noté como me levantaban del suelo. Cuando volví a abrir los ojos habían pasado dos meses y Suricato ya no estaba allí.

zona cero

Acto segundo

el de Suricato

En un segundo estábamos rodeados. O mejor dicho, establecieron un perímetro a nuestro alrededor. Porque esa gente, que iban de negro y con el rostro tapado, eran de ese tipo de gente que establecen perímetros gritando “vamos-vamos-vamos” alrededor de cosas.

Cosas importantes.

Y yo era un de esas cosas importantes. Eran los refuerzos. Venían a salvarnos. -¿Sois los refuerzos?¿Venís a salvarnos?- dije sin dejar de agarrar a Pablo.

-Aquí nadie os salva ya. A ninguno de los dos. El chico, subidlo.

Nos metieron en un furgón a empujones y a Pablo se lo llevaron al fondo. El que había hablado me tapaba la vista.

-¿Si no sois los refuerzos, quienes sois?

-Sombra. A los otros también les puedes llamar Sombra.

-¿todos?¿Sombra? Eso es patético

A veces abro la boca sin darme cuenta que la estoy cagando. Soy Suricato Capitán y esa es mi manera de hacer amigos.

Por parte de Sombra sólo obtuve silencio. Mi manera de hacer amigos no tenía efecto en él. Tal vez porque Sombra iba vestido de ninja.

Yo que sé.

No sabía nada.
-Por lo menos dime que sois aliados.

Sombra entonces habló:
-No somos aliados, pero pertenecemos al mismo bando.

A partir de ahí no supe continuar. El vehículo iba dando tumbos y todos íbamos callados. Y odio los silencios. Una de mis técnicas para evitarlos es tratar a la gente como si fuesen amigos míos de toda la vida. Como dudaba que tú pudieses mantener una conversación coherente desde su camilla, Sombra sería mi coleguita.

Empezaría con un chiste, para romper el hielo.

Para hacer un buen chiste, tienes que analizar la situacion. Pablo con dos heridas de bala, una mortal, probablemente inconsciente; un tío llamado Sombra -vaya nombrecito cutre- diciendo que nadie va a venir a socorrernos y unas cinco personas de negro, de mismo nombre, que vienen con nosotros. Y luego estaba yo, que también estaba invitado a la fiesta.

Estaba clarísimo.

Mi chiste seria de un refinado humor negro y trataría sobre entierros.

Pero… ¿no te ha pasado que haces un chiste y luego sueltas “anda-ya-si-es-broma” bastante preocupado por la posibilidad de haber podido modificar de manera bastante caprichosa el tejido espacio-temporal reajustando la realidad desde la que venías a la realidad del chiste? Porque a mí ese día me había pasado ya dos veces.

Por no tentar a la suerte, me guardé mi superdesarrollado humor negro para otra ocasion.

-Suricato, antes de que cuentes cualquier chiste de los tuyos quiero… ponerte en contexto. Nos dirigimos a una fortaleza que no existe en los mapas. Tú nunca has estado antes y no es un sitio agradable, porque sé que te disgustan los sitios silenciosos. Y sé que te disgusta aún más que no tengan wifi.

Ostias.

Sombra y los demás se pusieron en pie. Estábamos llegando. Me preparé para más empujones y “vamos-vamos-vamos”, pero esta vez fueron delicados conmigo. Un observador externo los habrían descrito como delicados y eficaces. Perdí de vista la camilla en la que ibas y me quedé atrás con Sombra, comprobando para mi tranquilidad que ese día no enterrarían a nadie. Sombra me puso una mano en el hombro y me llevó a una sala de interrogatorios.

El tiempo en la fortaleza pasaba. Lentísimo pero pasaba. Ya llevabas un mes inconsciente. Por tu seguridad y sé que en el fondo, la mía no me dejaban pasar a la enfermería y tras la cristalera podía ver que las heridas se estaban curando pero que la cicatriz iba a ser de las gordas.

Tenía miedo porque sabía que existía una posibilidad de que no despertases. Pensé incluso en ocupar tu lugar sabiendo que a estas alturas de tu vida no podría encajar en tu vida actual. Antes hubiese sido mucho más sencillo, pero a estas alturas de la película era imposible.

Tu y yo ahora éramos personas completamente diferentes.

Sombra iba vestido de ninja y además daba largos paseos con él, lo que me daba a entender que era ninja psicólogo. El resto de personas se fueros marchando hasta que hubo un momento en el que estábamos sólos yo, Sombra y tú. Como tú estabas a tu bola, inconsciente, pero a tu bola, mi amistad con Sombra estaba empezando a ser una realidad.
Le conté todas mis mierdas y le planteé sólo una duda.
-No tengo ni idea de que voy a hacer si Pablo no despierta.

La respuesta parecía que la tenía preparada el muy cabrón.
-Lo que no has pensado realmente es que vas a hacer si Pablo despierta.

Ostias.

En ese momento entendí que de alguna manera mi supervivencia iba ligada a la tuya y que tendrías que sobrevivir. Me fuí a mi cuarto empecé a prepararlo todo. También medité, a mi manera y de forma desordenada, pero coño, medité. Y cuando acabé de meditar tenía una sonrisa de oreja a oreja porque en ese momento supe qué iba a hacer, como lo iba a hacer y que guardaba relación con lo que tenía y lo que quería hacer.

En el fondo siempre lo supe.

Empezaba así la primera parte de mi plan maestro.

En mi macuto llevaba muy pocas cosas, y encontré a Sombra donde siempre, frente a la cristalera de la enfermería viéndote no hacer absolutamente nada.

-Sombra- inspiré aire – tengo que fingir mi propia muerte.

Le expliqué el plan. Desde ese momento tuve a Sombra trabajando conmigo casi a todas horas. Coche para huir, billete de ida, playa paradisiaca. Mi jubilación iba a ser brillante.

Sombra me hizo escribir mi día a día en la fortaleza, cogí un puñado de folios viejos por eso de reciclar, y espero que los estés leyendo todo para hacerte una ligera idea del suplicio que es estar en silencio y sin wifi.

Yo por mi parte ya lo tenía todo listo para pirarme. No te vería despertar, pero tampoco podía esperarte. Era finales de febrero y tenía que hacer las cosas ya.

Encotré a Sombra en el pasillo de la enfermería. Si hubieses estado despierto me habrías visto tras el cristal.
-Sombra, me voy ya. Dentro de la carpeta está mi diario. Dale también esta postal cuando despierte.

Te había escrito además una postal 😀

-Ha sido un placer Suricato.

Se quedó algo en el aire.

-¿Me quieres decir algo más, verdad?

-Pablo sigue estable, pero sin cambios. He pensado durante todo este tiempo en una última cosa que podría funcionar para que mejorase.

No me di cuenta de que las puertas de salida estaban cerradas a cal y canto. Sí reparé en que había una segunda camilla al lado de la de la tuya. Sombra me invitó amablemente a que me tumbase, y en ese momento supe que si oponía resistencia iba a ser peor.

Ostias.

 

Acto tercero

el mío otra vez

Cuando me desperté se había ido para siempre. Suricato me había dejado una postal y una carpetilla con hojas sueltas, amarillentas, en las que había escrito un breve diario inconcluso, muy enrevesado y en el que notaba bastantes lagunas.

La postal, por su parte, era una laguna en si misma.
“Estoy en casa”.

Sombra me vigiló de cerca dos días más. Era finales de marzo y lo único que hacia era pasear por el jardín de las instalaciones. La arquitectura era aséptica, en la que multitud de módulos blancos rodeaban el jardín. Siempre tenían una gran cristalera de cara al jardín, alguna vez me encontré alguna puerta cerrada y nunca ví una ventana al exterior.

El último día aproveché para hacerle a Sombra, mi salvador, las preguntas más difíciles.
-Antes de que empieces las preguntas más jodidas, quiero que sepas que no te he salvado yo…
Lo poco que conocía de Sombra es que sabía demasiado de mí.
-…sino Suricato.

Suricato. La sensación era muy extraña. Ahora sí que estaba completamente solo. Mi vida se había transformado completamente en dos meses y aún estaba asimiládolo. Mi mente… tenía lagunas.

-Me cuesta trabajo recordar cosas.

-El disparo de la cabeza te dañó el cerebro. Hemos tenido que eliminar algunos “nodos”.

-¿Qué es un nodo?

-Un nodo mental es lo que enlaza los recuerdos. Todo lo que tuviste en común, música, fotos y películas ya no enlazan a nada, o son esos recuerdos los que no elazan al nodo. Hemos tenido que eliminar todas las desconexiones.

-No te sigo…

-Piensa en una cancion cualquiera. Tu cabeza no puede relacionar una canción a un recuerdo que ya no existe. Por eso te hemos borrado esa cancion. A su vez, si la canción es lo que ha sido dañada, el nodo ha quedado huérfano.

-¿Lo mismo con todo lo demás?

-Lo hemos borrado todo.

No estaba contento. No quería olvidarlo todo. No de golpe. Por mucho que me hubiesen disparado a la cabeza. Sombra otra vez me estaba leyendo la mente.
-De todas maneras -me explicó- hay recuerdos que no se quedan en la cabeza. No tienen nada que ver con un proceso biológico… digamos que están más en el alma. O lo que sea que se llame todo eso que no sucede en nuestro cerebro. Esos recuerdos irán contigo siempre.

Nos quedamos callados mirando la fuente. Hacía dos días que miré por primera vez mi nuevo aspecto y aún me sorprendía cuando veía mi reflejo. Me llevé la mano al pendiente.

-El pendiente llévalo siempre puesto. Cuando no te quede más remedio que quitártelo no lo lleves demasiado lejos de ti. Mantiene el ADN de Suricato a raya.

-¿Y si lo alejo demasiado de mí?

-Que tendrías a un marsupial histrionico y narcisista tomando el control de tu cuerpo.

Me miré las muñecas. Lo poco que me quedaba de Suricato era una carpeta con folios sueltos, una postal y sangre suya corriendo por mis venas. Sombra me lo explicó una vez más.

-Perdiste demasiada sangre por las dos heridas de bala. Ten claro que el impacto de la cabeza fue mortal, pero gracias a la transfusión sanguínea de Suricato pudimos salvarte. Lo que no esperábamos -continuó- era que reaccionase tu organismo así, no como para alterar tu aspecto físico de esa manera. Por otro lado tendrás que tener cuidado con las enfermedades que tenía Suricato. Sobre todo aquella vez que se le cayó el pelo. A parches.

-Pero… -dudé- el pelo a parches se me cayó a mí.

-No se que contó Suricato aquella vez, pero lo conozco bastante bien como para saber que era capaz de mentirse a sí mismo para hacer creer una mentira. El pelo se le cayó a él porque algo le había trastocado su plan a principios de ese verano ya por 2011. Y tu sabes perfectamente de que se trataba.
-¿Eran verdes?

Sombra sonrío extrañado. No respondió.

Volví a mirar mi reflejo en el agua. Parecía que tenía otra vez 21 años. Continuamos el paseo hacia el centro del jardín.

-¿Cuándo saldré de aquí?

-Te queda poco. Antes quiero que veas esto.

Sombra me señaló una loza de piedra que estaba justo en el centro del jardín. Evité mirarla desde el momento que ví la silueta hace dos días. Porque indudablemente era una lápida. La lápida de Suricato Capitán.

tumba

No me encajaba nada.

A los pies de la lápida seguía teniendo preguntas.
-Sombra, entonces ¿dices que Suricato nunca llegó a la playa?

-Después de sacarle sangre se marchó en el coche. Lo ví con mis propios ojos. Pidió un Delorean como el de Hotline Miami. Pero nunca llegó al avión.

Mas lagunas.
-He leído la carpeta con el diario. Después de la transfusión de sangre, ¿porqué no escribió nada más?

-No lo sé.

-¿tú lo has leido?

-Aún no. Déjalo por aquí y le echaré un vistazo.

-Su historia acaba con él tumbándose en la camilla de la enfermería. ¿Que pasó realmente?

-El muy mamón quería hacerte un último cliffhanger. Juro que lo único que pasó es que le sacamos sangre y que como casi siempre, por poco se desmaya. Luego se levantó, cogió sus cosas, se marchó en el coche y nunca llegó al avión.

¿Donde se había metido Suricato Capitán?

-En fin. Mejor así.-Dijo Sombra. Me pareció que evitaba hablar del tema-Lo que te queda para salir de aquí, Pablo, es la única pregunta que aún no me has hecho. La pregunta más jodida de todas.

Esa era la única cosa que tenía bastante clara. Por si acaso introduje la pregunta.
-Cuando dijiste que aquí nadie podia salvarnos era porque sólo podíamos salvarnos… ¿nosotros?

Sombra asintió lentamente.

-Yo a tí te conozco, ¿verdad?
Esta vez Sombra negó.
-Casi.
-Vale, reformulo la pregunta: Yo a tí te he llegado a conocer.
-Son complicados los tiempos verbales para estas cosas.

La referencia a la Guía del Autoestopista Galáctico era ya una invitación directa.
-Pablo, ¿cuantos años tienes?

Sombra soltó una risotada por debajo de su disfraz de ninja.
-Treinta.

Como último consejo para cuando os encontreis con vuestro yo del futuro hacedle preguntas cortas y bastante abiertas por si acaso.

-¿Eres feliz?

La mía, es perfecta como contraejemplo. Por suerte, el futuro me iba a cuidar relativamente bien.

-Bastante feliz. Van a pasar grandes cosas durante estos tres años.

-¿algún consejo?

-Da pasos firmes, cortitos, pero muy seguidos. Así llegarás más lejos.

Desperté en mi cuarto, que ahora estaba con las paredes cubiertos de pósters. Me habían dejado allí con un par de zapatillas converse verdes y en mi mano tenía la postal con lo último que me escribió Suricato Capitán.

“Estoy en casa”

Supongo que Sombra jamás habría matado a Suricato. Más que nada porque yo no lo habría hecho nunca.

Aún así se que Suricato no podría haber acabado su historia así. Suricato las grandes historias las solía acabar con una llamada a los créditos finales, una canción y un FIN como una catedral.

Había más cosas escritas y no sabía donde.

La clave era la postal.

“Estoy en casa”

Ya está.
Volví a entrar en su blog.

 


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