Acto I

La entrada a la batcueva estaba ahí. Seguro.

Estaba en el estudio de la mansión sabiendo que primero tendría que relajarme. Seguía siendo muy tarde, o ya muy temprano. Me senté en el escritorio, abrí la segunda cola cherry y escucharía algo de música tranquila. Pero tenía el movíl apagado. El porqué se debía como siempre a una solución que no arreglaba del todo un aparatoso accidente tecnológico: la pantalla tenía un apaño, no funcionaba una franja del control táctil, y a veces empezaba a pulsar solo. Es entonces cuando lo apago con la esperanza de que se calme.
Como siempre, no debía haberlo tocado.

Pero también como siempre, ¿y lo que nos hemos reído?

Parecía que el control táctil estaba tranquilo y salvo esa maldita franja que nunca respondía funcionaba la pantalla funcionaba con normalidad. Esa maldita franja era la que coincidía además con los atajos de control de reproducción del spotify.
“No haberlo tocado” – me repetí.

Me recliné en el sillón del escritorio, con los pies sobre la mesa y seguí dándole vueltas a la forma que podía tener el interruptor que abriría el pasadizo.

Miré la cola cherry de reojo.

En todo caso necesitaba ponerme más nervioso. Pasé de Jamiroquai y puse Prodigy. Con todo el azúcar que tenía ya en el cuerpo notaba como temblaban los anillos y el pendiente. Los efectos de la bebida favorita de Suricato Capitán, que nunca se acababa en aquel minibar de la terraza, estaba acelerando la propagación de los Genes S y los anillos junto al pendiente cada vez lo tenían mas difícil para mantenerlos a raya.

Mis oidos pedían Prodigy y mi mente que pensase a lo grande. Con o sin interruptor del pasadizo. Alcé la vista a techo, lo que quedaba de él, y vi el torreón del dormitorio.

Había que pensar a lo grande…

Bebí un poco más y el móvil empezó a vibrar.
Había recuperado la conexión a la red y todas notificaciones llegaron de golpe. Últimamente recibía bastantes en mi móvil. Varios grupos entre los que destacaban planes de vacaciones, dos de casi la misma pandilla y grupos del trabajo se encargaban de darle al móvil su frenesí que se encargaba a su vez de darme una ligera ansiedad.

Cuando me llegaban tantos mensajes mientras ando ocupado suelo esquivarlos y seleccionar sólo uno de ellos.

Esta vez le tocó a ZV.

Y no fue por el mensaje, de mal gusto, humor bestia y caos ya usuales de nuestra relación, si no el tono de mal gusto, humor bestia y caos lo que hizo que sin moverme del sitio volviese a mirar el torreón del dormitorio de manera totalmente diferente a como la veía hace unos segundos.

Había encontrado el sustituto perfecto al interruptor. El dormitorio sería víctima del mal gusto, del humor bestia, del genuino caos que iba a desatar derrumbando la torre directamente sobre el estudio.

Las culpas de todo aquello serían de ZV.

Aún quedaba gasolina en el garaje. Creo que también podría encontrar algo de pirotecnia cerca de la sala de baile. Las referencias al Gran Gatsby también se hacían notar en la mansión.

Minutos más tarde, desde el dormitorio del loft tenía un primer plano de la mansión. Había recogido varios recuerdos que descansaban dentro de una caja de cartón a mi lado. Sonaba el hilo musical desde los altavoces y respondía los mensajes del móvil uno a uno. No sé si es porque soy como soy que la gente no se extraña que responda un mensaje a las seis de la mañana. O que responda “Escuchar The Killers mientras derrumbó un torreón sobre una Mansión abandonada” como respuesta a “¿Qué haces despierto a estas horas?”. Sea como sea, les caía bastante bien a aquella nueva pandilla de lunáticos que acababan de aparecer en mi vida.

Escuché el primer silbido desde dentro de la torre.
Tras él, vinieron todos los demás.

La Mansión colapsó sobre si misma despidiéndose de mí con la belleza que tienen los recuerdos cuando explotan por última vez.

Se apagó la luz. Se apagó la música.

La explosión había dejado todo el complejo sin electricidad.

-No haberlo tocado- me repetí una vez más.

-Si, pero ¿y lo que nos hemos reído?

Acto II

Sólo quedaron en pie los tabiques exteriores. Ahora toda la planta de la mansión era un cráter enorme que mostraba mucho más abajo la batcueva. Había cogido unas cuerdas y cambiado de zapatos a unos más preparados para un peligroso descenso. El alba ya empezaba a iluminar el cielo.

Mientras bajaba recibí un mensaje de “buenos días corazón”. Esas cosas me ponen tan de buen humor que hasta me desconcentran. Agarrado a la cuerda por la que bajaba y con una sola mano agarrando el móvil respondí con la nariz tres caritas con corazones consiguiendo no despeñarme.

Porque hay gente tan cuqui en el mundo que no merecen que lo dejen en leído, jamás. Mucho menos cuando son con mensajes así que alegran el día desde que empiezan.

Con una sonrisa enorme llegué a la primera plataforma de la batcueva. Los escombros de la mansión se acumulaban en el centro, y a través de unas pasarelas se conectaban a otras dos plataformas.

La plataforma mejor iluminada tenía que ser la del pasadizo original. Tenía los restos de un ascensor que bajaba a través de un hueco en la piedra. La segunda plataforma, a oscuras, tenía un enorme ordenador.

Me encantan los botones.

Encendí el ordenador y me pidió un reinicio en prueba de fallos. Parece que toda la interfaz iba mediante una consola de comandos.

Efectivamente, desde allí se controlaba la electricidad de los dos edificios. Trasteé las opciones que me ofrecían y ahora si que empezaba a ponerme muy muy nervioso.

Estaba descubriendo algo más gordo ahí abajo. Descubrí que la batcueva estaba construida entre las ruinas nativas originales de la zona que estaban cerca de la Mansión y debajo del loft. Descubrí que la cola cherry no se acababa nunca porque un sistema mecánico reponía las latas del minibar de la terraza. Descubrí también que los focos de la biblioteca del loft compartían un circuito lógico con la rejilla que tenían justo encima. Solo que el circuito no marcaba la rejilla con ese nombre, sino como “acceso”.

Descubrí que la electricidad de toda la zona no era compartida por dos edificios.

Sino por cuatro.

La mansión.

El pisito.

El minibar.

Y ni una mansión, ni un pisito y ni siquiera un minibar, que realmente era la punta del iceberg de un enorme silo de cola cherry con planta envasadora que dejaba las latas dentro de la neverita de la terraza de manera muy silenciosa; nada, absolutamente nada de eso consumía tanta electricidad como el cuarto edificio.

Ese que el panel llamaba “Zona Cero”.

Salí al exterior lo más rápido que pude. Me aseguré de dejar lo que el ordenador llamaba como “acceso” abierto y me dirigí al loft, comprobando que además el minibar estaba ahora vacío porque había detenido yo a posta el sistema de reposición.

Entré en el loft, subí por las escaleras del salón de invitados y miré las cañas de bambú por si iba a disfrutarlas por última vez. Mandé un mensaje a la última persona que se había enfrentado a mis demonios.

“Si no vuelves a tener noticias mías en cinco horas, enciende las luces del estudio”

No le dije que si lo hacía me quedaría encerrado en la Zona Cero. Bajé por una de las rejillas y caminé por el estrecho y bajo pasillo que contenían los focos, ahora apagados.

Saqué el móvil por última vez y me dí cuenta de tres cosas. Que no iba a saber si ella leyó el mensaje. Que allí no había cobertura ni wifi. Que todo lo que pasó después, sería parte del tercer y último acto.

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