-Cuéntame que encontraste allí.

Estábamos el Capitán (el otro, el Capitán nuevo) viendo la mansión desde la terraza de madera, rodeados de aquella fantástica piscina panorámica. Los altavoces del minibar ambientaban con música de Jamiroquai. Teníamos por delante toda la tarde y existía la posibilidad de siesta con sol de cara.

Entre la terraza, la biblioteca y el salón de invitados cualquiera se sentía cómodo en aquel loft. Porque llamar sólo al salón “de invitados” era una estupidez: realmente todo aquello estaba pensado por y para invitados.

Suricato Capitán siempe destacó en construcciones pensadas en albergar grandes eventos sociales. Ese era el unico detalle que compartía aquel loft con la mansión abandonada.

-En la mansión encontré un horrocrux. Mejor dicho, se me desveló la existencia de un horrocrux.
El Capitán (el que había creado el horrocrux no, el nuevo, que tenía al lado) escuchaba atentamente sin tener ni puta idea de lo que estaba hablando.

-¿Sabes lo que es un horrocrux?

-Creo que eso es de Harry Potter. Ya sabes que yo con…

-Si joder, ya lo sé: eres del Señor de los Anillos. Pero eso es igual que decir que no te gusta Star Trek porque te gusta Star Wars.

-¿Y no es eso lo que te pasa a tí?

-Quillo, lo mismo da. A lo que iba. Un horrocrux es un objeto donde depositas tu alma después de cometer un asesinato. Suricato tenía el suyo, y era la Buster Sword que llevaba yo a la espalda hasta hace cosa de dos, tres semanas.

-Antes del Paintball

-Antes de entrar a la mansión.

-¿Suricato practicaba magia negra? ¿a quien mató?

– A él mismo.

-Pero fingió su muerte. ¿Eso vale?

-Parece que la poca vergüenza de Suricato le permitió hacerle trampas a la mismísima magia negra.

-Que tío.

Hice una pausa dramática.

-La mansión la comenzó a construir hace ya dos años. Iba a ser su regalo para mí y… bueno, ya te puedes imaginar.

-¿Todo eso como lo has sabido?

-Coño, es un horrocrux. Apareció como un fantasma delante de mí en cuanto atravesé el umbral de la mansión.

-Ya ni sorprenden cosas así.

-A mi sí. Lo del horrocrux no, si no lo de que nos estaba construyendo algo. Me dijo que lo abandonó cuando vió que ya nadie iba a vivir allí. Es más, el último sitio que pisó fue la mansión. El garaje.

-Y desde allí fue a…

-Al Suricato’s Corner, a por la nave.

-Vaya. ¿Que cogió del garaje?

-Una moto. ¿has visto el videoclip de Miss Atomic Bomb, de The Killers?

-No.

-Póntelo. Lo imagino con las mismas pintas, misma moto y atravesando mismo desierto.

-¿Te dijo algo más?

-Si. Que aprovechase mi poder.

-¿Cuál?

-Qué me dejase barba. Crear el horrocrux lo había desfigurado físicamente y que por eso le salía la barba a parches.

Me acaricié mi jovencísima nueva barba. La gente estaba diciendo que me quedaba bien. Celebrándolo en silencio saqué otra cola cherry del minibar.

-¿Con ese horrocrux puedes volver a hablar con él?

-Me pidió que lo destruyese.

-¿Pero eso no le habría matado?

-No si te arrepientes. El trozo de alma contenida en el horrocrux señalo una de las pocas paredes que quedaban en pie y tenía escrito en mayúsculas “Me arrepiento de haberme matado a mi mismo“.

-Desde luego, arrepentido estaba entonces.

-Lo destruí, y por eso me quedé sin espada.

-¿De donde sacaste la nueva?

-De la única armadura del vestíbulo que quedaba en pie.

-Es un buen florete. ¿Cómo se te ocurrio camuflarlo?

-Con lo otro que había en pie en el vestibulo.

-¿Un paragüero?

-Si. Con varios paraguas. Desmonté uno de ellos y desde entonces, siempre que llueve, voy con el florete a la espalda.

-Nunca se sabe.

-Nunca se sabe.
Aproveché el silencio rellenado por la música y alcé la vista hacia la mansión. Aún estarían los restos de la Buster Sword en el salón principal, honrando la memoria de Suricato. Era territorio sagrado: quien entrase sin mi consentimiento le podría partir las piernas. O no volver a dirigirle la mirada.
O algo intermedio a las dos soluciones.

-Si me quedo dormido, sólo si me quedo dormido, puedes poner tu música. Y coger el refresco que quieras.

-Aquarius.

-Me parece una estupidez teniendo el minibar hasta arriba de coca colas cherrys.

-Como si no me conocieras.

-Por lo menos ten la decencia de ponerle una sombrillita de papel.

-Paso.

-Él lo hubiese querido así.
Me cambió la música y me quedé dormido.

Por este orden. Y no le dije nada porque ya no soy tan pejigueras. Cuando me desperté en la terraza ya era de noche y me había quemado un poco la cara. El Capitán (el nuevo) ya se había marchado, y el loft seguía con un hilo musical que desde allí en la terraza, salía del minibar.

Subí al dormitorio. A través de las cristaleras tenía unas vistas tan fantásticas que jamás pensé que el enclave no fue escogido por el paisaje natural que me rodeaba.
Si no por lo que tenía justo debajo.

Si mis cálculos no me fallan el dormitorio estaba justo encima (muchísimo más por encima) de la lápida de Suricato Capitán.

Y la lápida hubiese sido un lugar mucho mejor para honrar su memoria que la mansión.

Salvo por dos detalles que invalidaban el sitio de facto:

Absoluto silencio  y la falta de wifi.

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Un comentario en “La mansión y el minibar 

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