Quería pegarle un tiro a Jao porque sabía que él estaría deseando lo mismo. Si acertaba a alguno, tendría una posibilidad entre dieciséis de que la persona bajo la máscara fuese él. El tenía la misma estadística de su lado.

Éramos los dos únicos miembros de Atomic Media en el campo de paintball y nos habían puesto en equipos contrarios.

¿Quien era el tío lo bastante retorcido y cabrón para poner al único que conozco en el otro bando?

Lo tenía al lado detrás de la barricada. Era el Capitán.

Y no era ÉL. Era la segunda persona que conocía con el mote de Capitán y aún me costaba llamarlo así.

Pero se lo estaba ganando.

-Suricato, a la de tres salimos. Cúbreme.

La gente me seguía confundiendo con Suricato. A estas alturas tampoco insistía demasiado.

Uno, dos, tres.

Ahora.

Entre descanso de campo y campo no sonó en mi cabeza nada de música electrónica de Hotline Miami. Y mira que sigo pensando que uno de los mejores niveles es el último de los militares. Y mira que estaba vestido de soldado y con un rifle al hombro.

Pues ni por esas. En mi cabeza sonaba Jamiroquai.

La culpa la tenía el minibar de aquella terraza.

Llevaba ya dos semanas viviendo en el pisito de soltero de Suricato Capitán. Desde el que se veía la mansión abandonada.

Aún no se lo había contado al Capitán –al segundo Capitán– lo que había descubierto dentro de la mansión. Se lo contaría más tarde, porque acababa de ajustarse las protecciones e íbamos a dar una vuelta por el campo nuevo para que me comentase estrategias del escenario.

Tampoco las tomaba muy en serio.

-En este campo, lo importante es no encerrarte en la casa…

-¿Que coño hace Bosev?

Un miembro de mi equipo deambulaba solo y de vez en cuando movía una madera, una caja o similar. Era muy sutil.

Al notar que le estábamos viendo, se nos acercó sonriendo, se aseguró de que no miraba nadie y nos dijo:

-He movido alguna cosa para sacarle partido.

Me asaltó la duda: “¿Aquí todo el mundo se lo está tomando en serio menos yo?” Y también la certeza: “ ¿me habrá tocado el grupo de los lunáticos?” Y con esas dudas y esas certezas estaba realmente a gusto.

“¡Señores, vayan acercándose!”

Empezaba el siguiente combate, pero esta vez duré mucho menos:

-¿quien es el capullo que me ha disparado en la cabeza?

Jao se me había adelantado.

Ya lo pillaría en el siguiente escenario, pero no le dí y no porque me faltasen ganas. Si tengo que buscar alguna excusa de porqué no se llevó un disparo mío fue porque ya estaba pensando en la táctica del único plan que realmente me importaba en ese momento. De siempre me he mantenido alejado de los reproductores de música en las fiestas porque atraigo el caos musical. La gente que me conoce, además, tiene por norma general que yo solo pueda escoger una o dos canciones, y también es norma absoluta durante los trayectos en coche.

La táctica sería la siguiente: Cuando todo el mundo se despistase y no prestase atención a la música destaria el caos Spotify mediante. Esperé a que se fuesen los primeros, y a la media hora ya estaba enredado con los altavoces. No fui consciente de que no llevaba los anillos puestos y que por tanto los genes S lo tendrían bastante fácil para tomar el control. Subí el volumen hasta que ya no se podía ignorar.

Pero el pendiente hacía su efecto, así que el nivel de la música no molestaba de manera física pero si irritaba el sentido del buen gusto. Le señalé los altavoces al Capitán –no a ESE Capitán, sino al segundo Capitán– y le hice prometer que un día nos iríamos de fiesta a bailar canciones de dudoso gusto.

Entonces fue cuando solo una persona entre toda esa gente, solo ella, supo que por una media hora nos habíamos salvado todos de una onda expansiva de música hortera que nos habría casi que matado.

Suerte que yo ya había descubierto el pisito de Suricato Capitán, que ya había descubierto quién, qué y porqué se había construido aquella mansión, que había conseguido un florete y que estaba diciéndole a todo el mundo que no era una espada, que era un paraguas.

Suerte porque todo eso, incluyendo el minibar, me estaba acercando a la Zona Cero.
De la explosión hortera ya no se salvaba ni dios.

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