Situación de negociar

Finales de marzo. 2016.

Suricato, el de verdad, sabe que aún está en situación de negociar. Después de ejecutar su plan maestro y hacer creer a todo el mundo que está muerto, por fin, está delante de ella.

Ella le ha dicho que sí. Que quiere volver a ser su piloto. Suricato se ha venido arriba y sabe que la negociación está saliendo bien.

Casi bien.

Ahora las cosas están un poco tensas porque ella le está apuntando con un arma. Pero Suricato, el de verdad, sabe que aún está en situación de negociar.

Porque el también está apuntandole a ella.

-Vale, tranquila que aquí nadie va a disparar al otro.

Ella abre un poco más sus ojos verdes y no baja el arma.

-¿Verdad?- Pregunta Suricato.

Detrás de ellos sobresale la aleta roja de la nave de Clow, que sobrevuela la zona en marcha por si las cosas se ponen feas. No tienen por qué ponerse feas si es capaz de controlar la situación:
– A la de tres, guapísima, vamos a soltar las armas. Todo va a salir bien, los protas se salvan y nos vamos en nuestra nave ¿ok? nos vamos a una playa desierta.
-Vale.

Ella aún está temblando. Un negociador le habría dicho a Suricato que no era buena idea soltar el arma.

-A la una

Parece que nunca aprende.

-A las dos

Ella no la va a soltar.

A las tres.

Suricato arroja el arma al suelo y ella sigue con el dedo en el gatillo. Se acaba inmediatamente la negociación.
-Guapísima, baja el arma. No tenemos porqué hacernos daño.

Ella asiente. Suricato cree que se salva. Le encaja además porque su plan maestro incluía fingir su muerte, viajar en el tiempo, ha robar una nave y volar hasta ella.

Sólo por eso esta historia no podía tener un mal final.

 


 

Finales de marzo. 2017.

una pareja disfruta del sol en la terraza de una cafetería. Por los gestos y la manera de mirarse parece que se están poniendo al día: hablan a ratos de ellos y porque hablan a ratos de otras cosas.

Él le acaba de preguntar a ella que si ha visto Lalaland.

Parece que sólo quiere hacer que se confíe, porque entonces él le suelta una segunda pregunta mucho más difícil:

-Fue a buscarte, ¿verdad?

Se miran fijamente a los ojos. Ella responde que sí. Para aligerar el ambiente, además, sonríe.

-Hacemos una cosa. No me digas donde está.

-¿Por?- Realmente ella no lo sabe.

-Me gusta pensar que Suricato, simplemente, se fue.

Ella entonces baja un poco la sonrisa y respira aliviada.

Respira aliviada porque sabe que al final no bajó el arma.

Respira aliviada porque hubiese sido muy desagradable explicar que al final, ella disparó.

Pase un buen día

Siempre era verano en Voodoo Islands. Cuando además también lo era meteorologicamente hablando, aún era más verano.

La choza principal por dentro parecía sacada del videojuego Monkey Island. Cosas como usar un boomerang como tope de puerta reafirmaban el símil. Además, estaba hasta arriba de objetos, fotos, peluches, balones, papeles, y siempre que quedaba un hueco para algo que recordaba que era verano, más verano, y que estábamos en una isla.

Había aterrizado mi caza personal en la playa y desconectado la comunicación por radio. Desde que nos habíamos ido del edificio de Atomic Media el equipo pilotaba solo y nos reuniamos en bares y puertos espaciales.

Voodoo Island estaba en mi mapa de puertos espaciales seguros. La última vez que estuve alli consegui uno de mis anillos para reforzar el efecto del pendiente. La razón de mi visita esta vez no era ningún anillo.

Había vuelto a Voodoo Islands rezumando Glycerine por todos mis poros, y solo iba a necesitar a uno de los tres maestros del Voodoo para dejar un pequeño tarrito con explosivo allí.

Le puse el tarrito con el explosivo sobre la mesa y me ignoró.
-Cuentame tío, ¿Que tal te va todo?
-Bien, estamos ya a punto de hacer algo gordo. ¿Has visto el tarro ese? Creo que te interesa.
-¿Que hace?
-¿Aqui en Voodoo Islands tenéis instagram?
-Si

Después de enseñarle lo que podría provocarle con esa “muestra gratis” aquel Voodoo Máster no podía dejar de mirar el tarro de Glycerine que le había dejado sobre la mesa.

Así supe que ya había hecho todo el daño posible. Me despedi, prometí que volvería y despegué mi caza.

Conecté las comunicaciones. Como siempre, había alguien conectado en red.
Casi siempre, más de uno.
-¿Pablo?- Jao estaba siempre nervioso. Mientras su nerviosismo no fuese contagioso era un buenísimo compañero.
-Dime.
-He estado mirando portátiles y teléfonos…

En ese momento se conectó el hombre de confianza. Vigilaba el registro de Glycerine y ya había visto que lo estaba propagando en pequeños tarritos.
-Pablo, ¿Sabes lo inestable que es esto?
-Te dije que pojdia empezar a moverlo ya.-Le respondí.
-Pues cruzad los dedos chavales. Si explota uno explotarán todos.
-Vaya- Los nervios de Jao no estaban para más problemas. Estaba encargado de descifrar el mapa del tesoro que nos prometía un botín bastante interesante para mejorar todas las armas y dispositivos que teníamos en Atomic Media. Pero antes teníamos que saber que íbamos a hacer con el tesoro. De mientras estaba yo repartiendo tarros con una sustancia explosiva y cruzando los dedos para que fuese estable. Con tanto estrés general solté la coña:
-¿Tu has sido bueno? Si has sido bueno lo puedes pedir.
-Venga ya, en serio

Guarde silencio. No por la delicada estabilidad de Glycerine, que era muchísimo mayor de la vez que me la conecté al pecho allá por los Atomic Days. Guarde silencio por lo que dijo Jao.

“Venga ya. En serio”.

Primer fogonazo
Noche oscura. Algunas estrellas. Césped y el río de fondo.
-Me gustas cuando hablas en serio. Pero siempre acabas haciendo una broma. ¿Porqué?
-Supongo que por protección.
-¿Protección?¿De quién? -Me preguntaste por los ojos y me mirabas con tus pecas. Con todas ellas.

Por suerte el caza tenía piloto automático y podía permitirme el lujo de poner la cabeza en otro sitio. O en ningún lugar. La comunicación seguía abierta y estaba el resto del equipo en silencio.
El ruido de las teclas, una melodía lejana o un carraspeo nos recordaba que seguíamos en línea. Mi panel ya marcaba ruta a las ruinas de la mansión, habilitada ahora como una plataforma de aterrizaje subterránea.

Podría aterrizar más rápido, pero entonces no disfrutaría de la belleza de ver los restos de lo que quedaba de la fachada gótica desde dentro.
-Chavales, cierro ya por hoy.

Tenía la cabeza en otro sitio.

Segundo fogonazo
-¿De quién te proteges?
-No lo sé. De mí. Supongo. Mira, ahora es justo cuando tu vida se va a la mierda.
-¿como que a la mierda?
-Todo mal
-Eso te pasará a ti.
-Se va a la mierda porque es justo ahora cuando te das cuenta que nada va a salir como lo planeaste. Que ahora es cuando más fuerte tienes que agarrar el timón porque hay una tormenta y de las gordas.
Soplaba una brisa veraniega que te invita a no moverte del sitio hasta que saliera el sol a nuestras espaldas.

El sistema de la nave enfriaba los motores una vez en tierra. Una pasarela nueva, reluciente, comunicaba la plataforma de aterrizaje con la enfermería de la Zona Cero.

Me dirigí hacia allí porque sabia que me estaba pasando algo. Por suerte la enfermería seguía siendo funcional y tenía un escáner donde poder analizar qué genes S habían reaccionado.

Ahora sí que llegaba la música del loft allí abajo. Otra de las modificaciones que había hecho era instalar un repetidor wifi, y ahora con música ese edificio subterráneo me llenaba de paz.

Los resultados de la analítica tardarían unos cinco minutos. Jugueteé con uno de los anillos y miré todo el complejo subterraneo a través del panel de cristal de la enfermería.

Tercer fogonazo
Mirabas fascinada el anillo en tu mano con curiosidad gatuna, como si fuese una piedra de las caras.
-¿Entonces yo que soy? ¿Un gen nuevo, una mutación, alguien contaminado, otro experimento?…

Si me haces pensar la respuesta con una pregunta imagínate cuando la pistola va con cinco balas. Me quedé en silencio.
-…¿soy un virus?
Seis balas.

Esquivé cada pregunta disparada en silencio, sonriendo, oliendo el césped y viendo las estrellas.
-¿Que nos está pasando?

Headshot.

Esa no la podía esquivar.
-No lo sé. De verdad que no tengo ni idea.

El ordenador de la enfermería emitía un pitido largo antes de dar los resultados. Cuando sonó, segui observando el jardín desde la cristalera, como si quisera ignorar el informe que estaba presentando en la pantalla.

Porque si bien no tenía ni idea de lo que estaba pasando, sí que sabía que a mis espaldas el mensaje que había salido en pantalla era que “no se han detectado mutaciones / reacción de los genes S dentro del organismo del Sujeto B”.

Casi. El informe acababa con “Pase un buen día”.

enfermeria

La ladrona y el domador de elefantes

Releí la ultima deslocalizacion, el eco de lo que será. Las deslocalizaciones eran algo más que un sueño movidito, la diferencia esencial es que estos además vienen con un mensaje trascendental que marca la ruta a seguir a partir de que se produzca.

Y todavía te veía a ti en la playa sosteniendo la arena.

Todavía veía la arena escapándose entre tus dedos.

Era de noche. Estaba en Sevilla y el ventilador empezaba ya a remover el aire caliente. Seria aire frio de la calle si tuviese la persiana abierta, pero eso seria una invitación formal a todos los insectos que están charlando en la farola de mas allá a que pasasen la noche en mi cuarto.

En ese sentido, estaba mejor solo.

Hoy por fin había una excusa para vernos. Me mire al espejo y me di cuenta que mi cara, mi barba y sobre todo mi mirada estaba un poco mas oscura.

Respectivamente había sido resultado del sol, de afeitarse como dios manda y de tener un secreto. Salir de la Zona Cero me había llenado por dentro. Tanto que no podía expresarlo con palabras. Porque en ese sentido, ya no estaba realmente solo.

El hecho de que aquí Suricato fuese el creador de Suricato por un bucle espacio temporal, del que tengo como coartada un par de zapatos blancos confirma además lo que ya había sentido antes. Tenia el cuerpo lleno de genes S que iban a reaccionar con personas que en algún momento u otro se cruzarían en mi camino.

Tenia la cabeza a mil por hora. Tanto que cuando empezaba ese gen a vibrar porque reaccionaba contigo, solo podía dejarme llevar por las sensaciones.

-Estas muy callado. ¿En qué piensas?

Mierda. Me has pillado. Otra vez lo que empezaba como una conversación banal había creado un monstruo mutante que era capaz de hacer temblar mis cimientos, creencias y verdades absolutas. No tengo escapatoria. Otra vez tengo que contarte algo.

-Imagina a un tipo que nunca ha visto un elefante.

-Si

-Imagina ahora a ese tipo delante del elefante más grande del mundo.

-Ok, ¿Que hace ese tío?

Otra vez me has pillado. Ya has unido la línea de puntos y sabes que el tipo que no ha visto un elefante soy yo. Aun así sigo apostando.

-¿Que qué hace? Ese tío se da la vuelta e ignora al elefante. Hasta que el elefante se va.

-¿El elefante se va solo?

No te respondí que si me quedo quieto sí. Pero tengo que estar en silencio hasta que…

-Mmmmphf

-¿Que cojones acabas de hacer?

-El sonido de un elefante.

-Dedícate a otra cosa

-Pero si lo hago súper bien…

Ya se va. Que estemos divagando sobre el ruido que hace un elefante hace que el elefante, el que tengo justo detrás mía, comience a irse.

Otra vez me vuelvo a salvar. Por ahora.

La conversación acabó como siempre, dándote gestos disimulados como mirar hacia los lados, apuntar los pies hacia fuera, ver el reloj de mitad de la calle o juguetear con los cascos.

Podemos llevarnos horas y horas charlando. Y eso jodería jugarme mi corta y exitosa carrera como domador de elefantes porque tu me saques tres o cuatro secretos gordos.

Y eso jodería aún más, porque tengo pánico de que te des cuenta que soy un tipo mas bien mediocre.

Cuando volví a mi cuarto encendí otra vez el ventilador y pensé que lo que soy ahora mismo es resultado de todos los que están formando parte de estas historias, los sitios donde están pasando estas historias y los objetos alucinantes que tienen una relevancia casi trascendental en todas estas historias.

Como los anillos.

Mierda. Otra vez me habías quitado uno de los anillos y se te ha olvidado devolvérmelo.

Entonces, delante de ese ventilador que insisto, solo remueve aire caliente, se escucha una carcajada.
Pero no me río yo.

Ríe Suricato porque sabe que con un anillo menos, puede soltar una carcajada haciéndose un poco más visible.

Y ríe porque puede que el único motivo por el que tu seas tan ladrona  es que quieras ver esos gestos.

Los de él.

Menos mal que yo soy un experto domador de elefantes.

El eco de lo que será

-Aun no es el momento. Pero pasará. Sé que lo sabes y yo también lo he notado. Sé que existe un futuro en el que estamos juntos. Lo sé porque cuando la fuerza de algo que va a pasar es tan potente la energía se escurre. Como si fuese arena.

Un puñado tan grande, tan enorme, que lo que se te escapa entre los dedos es lo unico que podemos ver hoy. Es el eco de lo que será.

Miraba tu puño cerrado con la arena. La playa vacía. No tenía ni puta idea de donde estábamos.

-Estoy soñando ¿verdad?

No sé si sonreias o no. No me dio tiempo a verte la cara porque ya me estabas besando.

Desperté de golpe en la cama. En el loft.

Todavía resonaba tu voz en mi cabeza.

“El eco de lo que será.”

Todavía tenía la imagen de tu mano grabada en mi retina.

Estaba claro que no podía contarlo.

Porque si abría la mano, el futuro, la arena, se la llevaría el viento.

Acto III: La Zona Cero

Si el anillo hexagonal de edificios no eran bastante impresionantes, el jardín exterior si que lo era.

Sobre todo en el momento que sabías que estaba completamente bañado por luz artificial y que estaba varios pisos por debajo del suelo.

El anillo de edificios se asemejaba bastante a una instalación militar, lo se podría identificar como un buen búnker que como tal, tenía todo lo que se necesitaba en un sitio de esos. Ademas tiene varias cosas que hacen que este búnker probablemente sea el mejor búnker que hayas visto últimamente:

Una enfermería en la que aún estaban dos camillas muy juntas, con una máquina de transfusiones; un cuarto de interrogatorios que tenía manchas de sangre; o sin duda el dormitorio con un caprichoso plan de fuga trazado en la pared que culminaba en una lápida que estaba en el centro del patio.

Tal vez las dos únicas pegas es que era demasiado silencioso y no tenía wifi.

La zona Cero era el cuarto edificio del valle.

La Zona Cero era la fortaleza donde nos escondieron a Suricato y a mi hace ya más de un año.

Acto III: Pablo

Cuatro horas

Mi único consuelo era que por lo menos sabía que dentro de cuatro horas le darías al interruptor y cerrarías la compuerta para siempre.

Reconocí la galería en cuanto abrí la puerta al final del pasadizo. Solté el florete. Me vine completamente abajo. Por un lado porque todo ese viaje me había devuelto al principio, y por otro lado la impotencia de saber que nunca escribiré una buena historia. No si cada vez que doy un paso en mi vida acabo mirando hacia atrás, uniendo todas las piezas que encajaban antes de ese maldito día, preguntando cual fue el final real de Suricato, y que yo no era capaz de avanzar absolutamente nada.

La brújula. La brújula lo empezó todo. La barca, el río, la mansión, el minibar, la mansión y la Zona Cero.

Toda la ilusión que tenía al principio del viaje se esfumó de un plumazo cuando vi que había vuelto al principio.

Avancé por la galería y salí al jardín. Me tumbé junto a la lápida de Suricato Capitán intentando ver en el cielo los focos que iluminaban todo el falso exterior de manera artificial. Cualquier tontería serviría para no pensar en todo.

En todo, que era mentira. Ni Suricato estaba muerto, ni yo me había salvado, ni nada había salido bien. El estar otra vez allí era peor condena que la de Prometeo y el águila o Bill Murray y la marmota.
Siempre volvía al mismo punto.

Y ahora lo que necesitaba era un titán, un dragón, un androide asesino. Todo siempre es más fácil con un enemigo bien definido. Sin partes grises. Completamente malo.

Enfrentarte a un villano es la manera más simple de ser el héroe.

No tengo un enemigo. Lo que tengo es una culminación de errores a los que me enfrento una y otra vez.

Y vista la historia, estaba condenado a repetirla. Porque ya estaba en el sitio desde el que haría aquel viaje para salvarnos a Suricato y a mi. Tenía tres años. Tres años para realizar ese viaje en el tiempo y salvarnos bajo el pseudónimo de “Sombra”. Tres años ahí abajo para cerrar el bucle y volver a la Zona Cero.

Era una putada. Con mayúsculas.

Estaba tan cabreado que por un momento pensé no construir la máquina del tiempo y esperar un colapso cuántico por desgarro del universo. Si me iba a quedar encerrado allí podría mandarlo todo al carajo sin importarme una puta mierda la continuidad del tejido espacio temporal.

Pero estaba tan triste que me resigné a construirla. Eso sí, prometí que el primer viaje que haría con la máquina del tiempo tendría por objetivo partirle la cara al cabrón que había construido toda aquella infraestructura bautizándola como Zona Cero y preguntarle, justo después del primer puñetazo bajo que criterio había elegido como punto cero el día  de la muerte de Suricato Capitán.

Tres horas

Me levanté del césped. Sin duda ese recuerdo formaba parte de mi vida. Que lo que le pudo pasar a Suricato después fue mejor o peor, pero como mis zapatos verdes, a los que constantemente pego y vuelvo a pegar la suela, son y serán un recordatorio de que si, que sobreviví al 2016.

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Esa foto es de diciembre. Ahora están peor.

Sentado, miré a mi alrededor buscando por donde empezar a recopilar piezas para construir una máquina del tiempo. Por lo pronto tendría que investigar como se hacía una de esas. Pero fue cuando alcé la vista en el patio, cuando vi más allá de la falsa tumba de Suricato un edificio que captó mi atención. Demasiado.

Un ala de aquel conjunto de edificios era indudablemente la parte más antigua de las instalaciones. Tenía pinta de oficina abandonada de los años ochenta y en mi cabeza era como si todo el edificio me pidiese casi a gritos que entrase en él.

No tenía ni idea que estaba teniendo un déjà vu con ese edificio. Un déjà vu de los gordos, porque ese  edificio me estaba diciendo también a gritos que no era la segunda, si no la tercera vez, que estaba en la Zona Cero.

Pero eso no lo escuchaba en mi cabeza.

Las puertas estaban abiertas. Cuando se cerraron detrás de mi, como las de una cantina, no me fijé en que estaban pintadas con un texto que decía “Proyecto herpestiade”.

Aunque estaba todo parcialmente a oscuras, pude hacer una batida a todo lo que tenía delante. Un laboratorio abandonado, destruido por una explosión, cuyo origen, una de las esquinas, se podía deducir sin problemas.

Lo poco que quedaba en pie eran unas mesas y algunos archivadores abiertos de par en par. Sobre una de las mesas más alejadas había un reproductor, una cámara muy antigua de vídeo y un par de zapatos blancos, relucientes de estética muy retro.

También vi el muy útil interruptor de la luz.

Los fluorescentes parpadearon un buen rato antes de encenderse por completo. El laboratorio estaba más arrasado de lo que parecía en un principio.

 

zona cero

Pero tampoco me importaba demasiado, porque ahora se me habían ido los ojos a la televisión enorme de tubo a la que sin dudas iba a conectar la cámara. Busqué los conectores y los cables y al ser de las antiguas supe que tendría que echarle un ratito.

Por lo menos estaba entretenido. Tal vez demasiado.

Dos horas

Puse la cinta. La cámara marcaba el año original de la grabación, 1985. Era el laboratorio, mucho más limpio y con actividad frenética. Una de las esquinas tenía un recinto lleno de Suricatos que escuchaban muy atentos una canción de Golpes Bajos.

Me encanta tanto ese grupo que no pensé en que toda esa historia la había oído yo antes. Concretamente en Septiembre, gracias a un dossier que me mandó Suricato desde paradero desconocido.

Se cortó la imagen.

Volvió.

El laboratorio seguía exactamente igual que en la grabación anterior, solo que con mucho más polvo. Todos los muebles estaban en su sitio y creo que con una o dos buenas gamuzas, juraría que podía quedarse exactamente que en 1985.

Lo único que había fuera de lugar era una máquina con muchas luces al fondo, como un plato de ducha de hidromasaje muy aparatoso y hortero con unas luces que llamaban demasiado la atención. Sobre todo para el tipo que estaba en la habitación.

Que canturreaba Muse.

A aquel tipo le conocía perfectamente.

La fecha del vídeo era 2016.

Acto III: Suricato

Marzo. 2016.

Suricato puso una silla de director bien centrada, se aseguró que esa cámara estaba grabando y le importó exactamente cuatro carajos y medio que estaba sobreescribiendo una cinta. Ni siquiera vio su contenido.

Se encuadró ante la cámara y leyó guión que había puesto al lado del objetivo para repasarlo por si se perdía. En verdad siempre lo hacía por sustituir un primer ensayo general. Sabía que nunca ensayaría nada porque nunca iba a seguir un puto guión. Se aclaró la voz y comenzó a improvisar.

-Pablo, si estás viendo este vídeo es que he muerto…

Contó mentalmente hasta quince aguantando una expresión sombría. Cuando llegó al ocho comenzó a sonreír enseñando todos los dientes.

– …y eso significa indudable e inequívocamente que la operación ha sido un éxito. Te he hecho una altruísta donación de sangre y te voy a dejar una serie de pistas. Porque yo me voy, porque estoy enamorado. Voy a tomar prestada de manera temporal -enfatizó- tu moto para llegar al Suricato’s Córner. La esconderé por allí. Lo que si voy a tomar prestado de manera indefinida es la nave del sótano. A cambio te dejo en falsa herencia  por falsa muerte un horrocrux, un loft que está construido encima de este complejo subterráneo y un silo subterráneo de colas cherris. Creo que una falsa herencia por falsa muerte es legal.

Suricato repasó el guión comprobando que lo había sustituido por un discurso completamente nuevo y mucho mejor. Como sabia que hacía semanas que debería haberse ido del complejo y que además, tal vez estaba viviendo en una zona restringida, miró a los lados del laboratorio escuchando atentamente si se acercaba alguien.

Pero antes se fijó en la extraña ducha tan magnífica y elegante (según su más que dudoso gusto) que intentaba pasar desapercibida sin mucho éxito al fondo del laboratorio. El tipo que la ha construido tiene que ser maravilloso- pensó.

La cámara siguió grabando.

Estaba viendo atónito el video de herencia que Suricato me había grabado. Porque la cámara siguió grabando el mensaje, cada vez Suricato se acercaba más a aquella esquina, a esa ducha  tan hortera.

Lo peor no era eso. Lo peor es que ahora yo, viendo el cráter que tenía el laboratorio justo en aquella esquina sabía perfectamente lo que iba a ver en el video.

Me aparté un poco de la pantalla por si veía algo demasiado ruidoso o terrible que sin lugar a dudas dejaría ese laboratorio exactamente como se encontraba a día de hoy.

Y algo si que pasó, pero no exactamente como yo esperaba.

Hubo un flash. Hubo destrozo. Pero lo hubo mucho antes.

El laboratorio de la grabación estaba ahora exactamente igual que en el que yo me encontraba. Suricato salía de la ducha con un par de zapatos blancos que puso delicadamente sobre la mesa. Puso una mueca de desagrado.
-¿Huele a yogur de plátano? Que puto ascazo.

Volvió a sentarse en la silla, y aún con cara de asco, se quitó feliz sus zapatos converse verdes. Aquellos zapatos sí que eran los que yo me había dedicado a reventar y arreglar durante 2016. La cinta seguía grabando la escena, pero Suricato no estaba pendiente de eso. Estaba pendiente del ruido que oyó fuera. Cuando confirmó que se estaba acercando alguien, huyó rápidamente, descalzo. No le dio tiempo a ponerse los zapatitos blancos. Los dejó encima de la mesa.

Joder. Yo estaba delante de esos zapatitos blancos.

La cámara siguió grabando. Sombra entró en el laboratorio.

Vio el estado lamentable en el que estaba todo.
Vio la máquina con las luces encendidas.
Vio los zapatos verdes y los zapatos blancos.
Vio la cámara encendida.

Se acercó a ella y le pude escuchar perfectamente.
-Esto no debería estar pasando.

Acto III: Sombra

El cuerpo de Pablo cayó inconsciente al suelo del jardín. Ya estaba casi todo en su sitio. Era marzo de 2016 y Sombra había salvado la continuidad de esa realidad alternativa en la que todo le estaba saliendo tan mal a Pablo y a Suricato. Ya sólo quedaba devolver al chaval a su cuarto, porque Suricato se había ido hacía dos semanas y estaba en paradero desconocido. Debería haber llegado a la playa donde decía que quería jubilarse hacía exactamente tres días.

Algún retraso con el avión. Esperaba que no fuese nada grave. Pero en esa realidad alternativa había un problema con Suricato. Lo vio en sus ojos. Había más matices.

Ese Suricato le ponía muy nervioso.

Y siempre le podía poner un poco más.

El jardín se llenó de olor a yogur de plátano. Para Sombra eso sólo significaban problemas. Dejó el cuerpo tendido del muchacho aquel y corrió sin dudarlo al edificio más antiguo de la Zona Cero, el que daba nombre a toda la instalación. Alguien había utilizado su máquina del tiempo. Con consecuencias terribles. Porque si después de su uso no olía a natillas con galleta y canela sino a yogur de plátano, era porque el universo estaba a punto de colapsar por un desgarro espacio temporal al crear una paradoja.

Entró en el laboratorio y confirmó sus sospechas.

Ese Suricato había destruido el laboratorio por completo.

Ese Suricato había usado su elegante y fantástica máquina del tiempo.

Ese Suricato había viajado concretamente a los ochenta a por unos zapatos blancos. Podía verlos encima de la mesa y además se había dejado sus converse verdes.

Ese Suricato se había dejado además la cámara encendida.

-Esto no debería estar pasando- Murmuró.

Apagó la cámara y se tocó la cabeza. Si todavía estaba sobre sus hombros era porque la realidad estaba bastante delicada -olía demasiado a yogur de plátano- pero se podía salvar. Había que arreglar aquel desaguisado cuántico.

Encendió la máquina y viajó a 1989.

Cuando volvió todo olía a natillas con canela. Escribió una carta en la que contó las cosas un poco a su manera, un paso por delante de la verdad y un paso por detrás de la mentira. Decidió donde dejaría la carta para Pablo. Pensó que debajo de los zapatos blancos de estética retro sería un buen lugar. Los verdes serían para el muchacho.

Así que recogió el cuerpo de ese muchacho que seguía tendido en el jardín, lo dejó en su cuarto, y antes de marchase se hizo un test de Ishiara para confirmar que junto al olor a natillas, en esa realidad que él había vuelto bastante interesante, y en su realidad, estaba todo en su sitio.

Porque desde luego, Sombra, con un nombre tan absolutamente genial, creador de esa máquina del tiempo tan fantástica, tan elegante, tan bien construida, tan bien integrada, resumiendo, de gusto exquisito; no era daltónico.

Desde luego que no lo era.

Acto III: Pablo (continuación)

Una hora

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Ella ya había llegado. Estaba gritando mi nombre fuera sin saber si estaba dentro o no. Sabía que si nadie le respondía tendría motivos para entrar y buscarme dentro del loft.

Yo seguía en la Zona Cero y no estaba ya pendiente de la hora. Estaba demasiado entretenido leyendo la carta que me había dejado Sombra dentro de aquellos zapatos blancos.

“Creo que ya está todo casi arreglado. El muy melón de Suricato ha viajado en el tiempo con mi máquina y ha destruido medio laboratorio en el acto. Entenderás lo delicado del asunto cuando te diga que es en este laboratorio donde empezó todo. La Zona Cero. Aquí se produjeron aquellos experimentos que desarrollaron el gen, concretamente el B que tienes ahora corriendo por tu sangre.

Cuando he comprendido que fue él quien provocó que el experimento fallase, he tenido que hacer algo realmente absurdo. En esta realidad alternativa, en la que estás  a viviendo, he creado yo a Suricato Capitán. Yo vengo de una realidad mucho más sencilla y agradable, en la que todo esta saliendo realmente bien. Lo sé porque viniendo de esa realidad puedo asegurarte de que en esta realidad en la que vives está saliendo todo, y remarco la palabra todo, absolutamente mal.

He tomado algunas licencias creativas en el diseño del gen S tipo B para plantear una solución muy original a todo esto. Hay más de un gen S por tu cuerpo, que al igual que el gen original se activará llegado el momento con la situación adecuada. Por situación me refiero a personas. Así que las consecuencias son estas:

Digamos que hay más de uno. Pero no lo sabías.

Va a ser divertido ver que situaciones y que personas activan un gen más bestia, más hortera, más pirata o cualquiera de los genes que tienes por tu sangre.

La única pega es que tal vez haya mezclado demasiados colores en los genes y el Suricato de esta realidad lo haya creado un poco daltónico. Hazte una prueba por si acaso, que con  la transfusión y el batiburrillo genético que tienes ahora en la sangre hace que el que tu tambien lo seas… una posibilidad.

En fin. Abrazos.

PD: No sé si te ha quedado ya lo bastante claro que realmente no eres tú quien tiene que construir una máquina del tiempo. Jamás tendrás tan buen gusto como yo.

Firmado: Sombra”

….

Seguías en la puerta agarrando el manillar de tu bici.

No se te ocurrió mirar debajo de la trampilla de las luces. Por eso cuando salí del loft, después de que tu hubieses mirado por todas las habitaciones me preguntaste que donde me había metido. Te dije que muy muy abajo. Me dijiste que mis nuevos zapatos eran muy bonitos. Te dije que a mi me encantaban porque parecían sacados directamente de los ochenta. Me preguntaste que si estaba bien. Te dije que no me sentía tan completo desde hacía mucho mucho tiempo.

Me preguntaste porqué.

Te respondí que todas las fotos, toda la música, todo lo que estaba pasando desde el otro día no eran sino las pruebas irrefutables de que estaban explotando dentro de mí un batiburrillo genético que alguien me había metido sin ningún conocimiento de genética en el cuerpo desde una realidad alternativa.

Me dijiste que sonaba muy complicado pero muy divertido.

Te dije que aún quedaba un paseo hasta tu casa.

Que si querías te lo podía contar.

Sonreíste y me dijiste que sí.

Cero horas

Acto III: Preludio

Cincuenta kilos de pinchitos. Paintball. El parque. La música. La discoteca de los ochenta. 

No saber si lo tuyo con Suricato acabo bien o mal, que ya no me interesaba. El refugio y descubrir un poco más lejos la casa donde pensaba Suricato jubilarse.

Despedirme de tu recuerdo con forma de mansión. Sacar las cuatro cosas que quería guardar en una cajita y reventar ese edificio por los aires.

Descubrir que debajo del loft, había un pasadizo.

Mandarte a ti un mensaje pidiéndote que si en cinco horas no tenías noticias mías pulsaras un botón.

No contarte que, si lo pulsas, jamás volverías a verme. 

Y aquí estoy. Pensando en todas las cosas que me pasaron el otro día.

Me separaban cinco horas (cuatro y media ya) para resolver los asuntos que estaban detrás de esa puerta, de la que ya tenía agarrado el pomo. Su tacto además me ponía de los nervios, porque sabía que al otro lado sólo había cosas relacionadas con mis demonios y mis asuntos pendientes. Que si aquello le habían puesto de nombre la Zona Cero no iba a ser de casualidad.

Que lo mismo no volvía de allí.

Pero aquí cada uno tiene sus mierdas.

Ustedes no teníais por qué tragarse las mías.

Por eso no podiamos permitirnos el lujo de que si perdia aquella batalla, la unica salida estuviese abierta. Por eso tu serias la encargada de cerrar la Zona Cero.

Desenvainé el florete, giré el pomo, y deseé con todas mis fuerzas que hubieses recibido el mensaje.

Porque en cuanto ví el pasillo aquel, supe que yo de allí no saldría.

La mansión y la Zona Cero

Acto I

La entrada a la batcueva estaba ahí. Seguro.

Estaba en el estudio de la mansión sabiendo que primero tendría que relajarme. Seguía siendo muy tarde, o ya muy temprano. Me senté en el escritorio, abrí la segunda cola cherry y escucharía algo de música tranquila. Pero tenía el movíl apagado. El porqué se debía como siempre a una solución que no arreglaba del todo un aparatoso accidente tecnológico: la pantalla tenía un apaño, no funcionaba una franja del control táctil, y a veces empezaba a pulsar solo. Es entonces cuando lo apago con la esperanza de que se calme.
Como siempre, no debía haberlo tocado.

Pero también como siempre, ¿y lo que nos hemos reído?

Parecía que el control táctil estaba tranquilo y salvo esa maldita franja que nunca respondía funcionaba la pantalla funcionaba con normalidad. Esa maldita franja era la que coincidía además con los atajos de control de reproducción del spotify.
“No haberlo tocado” – me repetí.

Me recliné en el sillón del escritorio, con los pies sobre la mesa y seguí dándole vueltas a la forma que podía tener el interruptor que abriría el pasadizo.

Miré la cola cherry de reojo.

En todo caso necesitaba ponerme más nervioso. Pasé de Jamiroquai y puse Prodigy. Con todo el azúcar que tenía ya en el cuerpo notaba como temblaban los anillos y el pendiente. Los efectos de la bebida favorita de Suricato Capitán, que nunca se acababa en aquel minibar de la terraza, estaba acelerando la propagación de los Genes S y los anillos junto al pendiente cada vez lo tenían mas difícil para mantenerlos a raya.

Mis oidos pedían Prodigy y mi mente que pensase a lo grande. Con o sin interruptor del pasadizo. Alcé la vista a techo, lo que quedaba de él, y vi el torreón del dormitorio.

Había que pensar a lo grande…

Bebí un poco más y el móvil empezó a vibrar.
Había recuperado la conexión a la red y todas notificaciones llegaron de golpe. Últimamente recibía bastantes en mi móvil. Varios grupos entre los que destacaban planes de vacaciones, dos de casi la misma pandilla y grupos del trabajo se encargaban de darle al móvil su frenesí que se encargaba a su vez de darme una ligera ansiedad.

Cuando me llegaban tantos mensajes mientras ando ocupado suelo esquivarlos y seleccionar sólo uno de ellos.

Esta vez le tocó a ZV.

Y no fue por el mensaje, de mal gusto, humor bestia y caos ya usuales de nuestra relación, si no el tono de mal gusto, humor bestia y caos lo que hizo que sin moverme del sitio volviese a mirar el torreón del dormitorio de manera totalmente diferente a como la veía hace unos segundos.

Había encontrado el sustituto perfecto al interruptor. El dormitorio sería víctima del mal gusto, del humor bestia, del genuino caos que iba a desatar derrumbando la torre directamente sobre el estudio.

Las culpas de todo aquello serían de ZV.

Aún quedaba gasolina en el garaje. Creo que también podría encontrar algo de pirotecnia cerca de la sala de baile. Las referencias al Gran Gatsby también se hacían notar en la mansión.

Minutos más tarde, desde el dormitorio del loft tenía un primer plano de la mansión. Había recogido varios recuerdos que descansaban dentro de una caja de cartón a mi lado. Sonaba el hilo musical desde los altavoces y respondía los mensajes del móvil uno a uno. No sé si es porque soy como soy que la gente no se extraña que responda un mensaje a las seis de la mañana. O que responda “Escuchar The Killers mientras derrumbó un torreón sobre una Mansión abandonada” como respuesta a “¿Qué haces despierto a estas horas?”. Sea como sea, les caía bastante bien a aquella nueva pandilla de lunáticos que acababan de aparecer en mi vida.

Escuché el primer silbido desde dentro de la torre.
Tras él, vinieron todos los demás.

La Mansión colapsó sobre si misma despidiéndose de mí con la belleza que tienen los recuerdos cuando explotan por última vez.

Se apagó la luz. Se apagó la música.

La explosión había dejado todo el complejo sin electricidad.

-No haberlo tocado- me repetí una vez más.

-Si, pero ¿y lo que nos hemos reído?

Acto II

Sólo quedaron en pie los tabiques exteriores. Ahora toda la planta de la mansión era un cráter enorme que mostraba mucho más abajo la batcueva. Había cogido unas cuerdas y cambiado de zapatos a unos más preparados para un peligroso descenso. El alba ya empezaba a iluminar el cielo.

Mientras bajaba recibí un mensaje de “buenos días corazón”. Esas cosas me ponen tan de buen humor que hasta me desconcentran. Agarrado a la cuerda por la que bajaba y con una sola mano agarrando el móvil respondí con la nariz tres caritas con corazones consiguiendo no despeñarme.

Porque hay gente tan cuqui en el mundo que no merecen que lo dejen en leído, jamás. Mucho menos cuando son con mensajes así que alegran el día desde que empiezan.

Con una sonrisa enorme llegué a la primera plataforma de la batcueva. Los escombros de la mansión se acumulaban en el centro, y a través de unas pasarelas se conectaban a otras dos plataformas.

La plataforma mejor iluminada tenía que ser la del pasadizo original. Tenía los restos de un ascensor que bajaba a través de un hueco en la piedra. La segunda plataforma, a oscuras, tenía un enorme ordenador.

Me encantan los botones.

Encendí el ordenador y me pidió un reinicio en prueba de fallos. Parece que toda la interfaz iba mediante una consola de comandos.

Efectivamente, desde allí se controlaba la electricidad de los dos edificios. Trasteé las opciones que me ofrecían y ahora si que empezaba a ponerme muy muy nervioso.

Estaba descubriendo algo más gordo ahí abajo. Descubrí que la batcueva estaba construida entre las ruinas nativas originales de la zona que estaban cerca de la Mansión y debajo del loft. Descubrí que la cola cherry no se acababa nunca porque un sistema mecánico reponía las latas del minibar de la terraza. Descubrí también que los focos de la biblioteca del loft compartían un circuito lógico con la rejilla que tenían justo encima. Solo que el circuito no marcaba la rejilla con ese nombre, sino como “acceso”.

Descubrí que la electricidad de toda la zona no era compartida por dos edificios.

Sino por cuatro.

La mansión.

El pisito.

El minibar.

Y ni una mansión, ni un pisito y ni siquiera un minibar, que realmente era la punta del iceberg de un enorme silo de cola cherry con planta envasadora que dejaba las latas dentro de la neverita de la terraza de manera muy silenciosa; nada, absolutamente nada de eso consumía tanta electricidad como el cuarto edificio.

Ese que el panel llamaba “Zona Cero”.

Salí al exterior lo más rápido que pude. Me aseguré de dejar lo que el ordenador llamaba como “acceso” abierto y me dirigí al loft, comprobando que además el minibar estaba ahora vacío porque había detenido yo a posta el sistema de reposición.

Entré en el loft, subí por las escaleras del salón de invitados y miré las cañas de bambú por si iba a disfrutarlas por última vez. Mandé un mensaje a la última persona que se había enfrentado a mis demonios.

“Si no vuelves a tener noticias mías en cinco horas, enciende las luces del estudio”

No le dije que si lo hacía me quedaría encerrado en la Zona Cero. Bajé por una de las rejillas y caminé por el estrecho y bajo pasillo que contenían los focos, ahora apagados.

Saqué el móvil por última vez y me dí cuenta de tres cosas. Que no iba a saber si ella leyó el mensaje. Que allí no había cobertura ni wifi. Que todo lo que pasó después, sería parte del tercer y último acto.